Ana María Matute: “La oscuridad te deja ver cosas que a plena luz no ves”

La sala empieza a llenarse, pero la primera fila está completamente vacía. Diez sillas delante de una mesa, donde Ana María Matute va a contarnos sus historias. No puedo resistirme y me siento justo delante. A mi lado la gente empieza a tomar asiento y se unen a mis deseos de escuchar de cerca las palabras de Ana María.

La escritora, posiblemente una de las más importantes de la literatura española, llega en silla de ruedas con un espléndido pelo blanco y una sonrisa sincera. Carles Lúria, profesor en el Laboratori de Lletres, entidad organizadora del evento, presenta a Ana María enumerando sus premios, pero la escritora lo interrumpe alegando que “no hace falta hablar de ellos. Hay mucha gente que no tiene premios y es grande y otra que tiene muchos y no lo es”. Sin embargo, un premio que no puede olvidarse es el Premio Cervantes. En el 2010 y con 84 años, Matute fue la tercera mujer que recibió el galardón más prestigioso de las letras hispanas. Con un discurso corto, sincero y emotivo, la escritora quiso remarcar la importancia de seguir creyendo en la fantasía: “El que no inventa no vive”. También han recibido dicho premio la filósofa española María Zambrano y la poeta cubana Dulce María Loynaz.

Pero de lo que realmente parecía que Ana Maria quería hablar en esta charla íntima, a pesar de la cantidad de personas que asistieron al acto, era sobre el arte de escribir, la necesidad de creer en mundos que van más allá de nuestros conocimientos, de cómo ella ha mantenido esa ventana siempre abierta a la fantasía y la inocencia. Cuando era muy pequeña, su madre la encerraba en un cuarto oscuro cuando “hacía cosas que estaban mal según su opinión, no según la mía. Para ella, como todas las señoras de aquella época, portarse mal siempre iba relacionado con los modales, la religión, cosas de tipo social. Portarse mal para ella no era lo que para mí, aunque yo disfrutaba del castigo. Primero veía la oscuridad, pero luego descubría la luz y eso es algo muy bonito que se puede aplicar a la literatura. La oscuridad te deja ver cosas que a plena luz no ves, porque la luz también tapa cosas y es en la oscuridad cuando relucen”.

A los 19 años cogió su cuaderno de cuentas donde escribía sus historias y lo llevó a la editorial Destino. Sin mucho éxito, se marchó a casa y pasó el manuscrito a máquina para enviarlo por correo a la editorial. Al cabo de una semana, la escritora se encontró con Ignacio Martín, en aquél momento director de Destino, quien, con una actitud más caballerosa que la primera vez, le anunciaba que iban a publicar su novela. Ana María firmaba su primer contrato de “5.000 pesetas para toda la vida” con la obra Pequeño teatro, escrita a los 17. A partir de entonces, la niña nacida en el seno de una familia de la alta burguesía catalana, empezaba una vida llena de grandes obras que pasarían a la historia. Su capacidad por ficcionar ha servido a Matute como “faro salvador de muchas de mis tormentas”: Vivió la guerra civil con tan sólo 11 años y fue allí donde conoció el “terror, el odio y la muerte” y un mundo que la había engañado totalmente. Sintiéndose siempre diferente, Ana María entró en la literatura por los cuentos de hadas, cuentos de la edad media que la ayudaron a descubrir luz en la oscuridad “el mundo iba por un lado y yo por otro y el choque era inevitable. Entonces empecé a escribir”.

Actualmente, Matute sigue escribiendo con una máquina eléctrica y con sus dos dedos índice. Lo hace de un tirón para luego corregir su obra más de dos y tres veces antes de que “el mismo libro me diga cuando parar”.  Mientras escribe nunca lee otra cosa que no sea en lo que está trabajando y cuando no escribe no es porque quiera descansar sino “porque aun no se me ha ocurrido nada nuevo que contar”.

Es muy difícil poder reflejar aquí lo mucho que Ana María Matute me sorprendió. Con una gran personalidad y un sentido del humor que muchos desearían aun mantener, Matute llegó a mi pequeño corazón, donde la esperanza por ser escritora aun sigue manteniendo su latido.

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